Y ahí de nuevo me golpeó el zapatazo en la cabeza: podré escribirte pero ¿estarás dispuesto a contestar? ¿Más aún, a tratarme bien? Y ¿por qué tú no has sentido esas ganas?. Entonces me di cuenta de que el zapato que sentí tenía una tremenda revelación: él ya no te quiere y no tiene la más mínima intención de saber de ti.
Así que me tomé mi pastilla y me fui a dormir antes de poder hacer cualquier locura.